viernes, 27 de diciembre de 2013

Mi eterna nostalgia



 


                  

     Alguien dijo que el que no cuidaba de sus mayores, corría el riesgo de que sus hijos le hicieran lo mismo. Evidentemente no me dí cuenta de ello hasta demasiado tarde…
    Nací lo menos hace sesenta años en Don Benito, una ciudad de la provincia de Badajoz. Soy hijo único de María Fernanda Gómez y Pedro Suárez que en Gloria estén. No hace falta que rememore etapas pasadas pero quiero hacer especial hincapié que fui un hijo muy deseado después de varios abortos. Mi madre por aquel entonces se cuidó muchísimo y siguió a rajatabla los consejos del médico. Guardó reposo en medio de tantas fatigas y náuseas mientras mi padre pintaba mi habitación y se encargaba de comprar los muebles… aun así mi nacimiento fue, según mi madre,  la alegría más grande de sus vidas. Mis padres lloraron de la emoción y dieron gracias a Dios por tan hermoso regalo. Mi madre me amamantó y cuidó de mí. Me bañaba, aseaba y acunaba cantándome una nana. Por lo que me pudieron contar, fui un bebé llorón que hacía que sus padres se quedasen todas las noches en vela sobre todo cuando empezaron a salirme los dientes de leche incluso cuando ello pasó y comencé a dar mis primeros pasitos no dudaron en inmortalizarlo con la vieja cámara del tío Agustín.   
   Estaban pletóricos y embriagados por la felicidad de criar y educar a su hijo Pablo. Mi infancia transcurrió unido a mis padres porque dependía de ellos. Mi madre me llevaba a la escuela del pueblo y era mi padre quien me recogía después de trabajar en el campo. Yo era, un niño feliz, mimado por los suyos pero con una impecable educación… de todos mis primos paternos, yo era el ojo derecho de mis abuelos Encarna y Luis, era el que más regalos recibía y el que más dinero obtuve durante mi comunión. Mis padres tiraron la casa por la ventana y, nuevamente volví a ser un niño feliz…la adolescencia no tardó en hacer acto de presencia, tenía que coger el autobús para ir al instituto donde encontraría al amor de mi vida, Eulalia Domínguez, una niña de bien con la que me comprometí después de ir a la universidad gracias al esfuerzo de mis padres pues me licencié en Derecho. Pronto me independicé con algunos compañeros de la facultad pues nos trasladamos a vivir a la capital donde abrimos un bufete de abogados. Aun así mi padre me enviaba giros todos los meses para ayudarme en el alquiler y para  comer. Nunca me faltó nada pues siempre que les necesité, ellos me respondían con creces…de hecho el convite de mi boda con Eulalia corrió por cuenta de ellos, para entonces, ya tenía una casa en el exclusivo barrio de Chamberí.
   Eulalia y yo estábamos encantados con nuestro hogar y nuestra nueva  vida en la capital. Mis suegros venían a comer todos los días a casa. Eran admirables y me querían como a un hijo…en cuanto a mis padres, hablaba con ellos por teléfono siempre que mi trabajo me lo permitía porque siempre estaba ocupado…no tenía tiempo ni para mí mismo. De hecho no asistí al parto de mi primer hijo, Raúl, pues estaba de viaje, ya en el de Elvira me vi en la necesidad de reducir mi jornada laboral porque Eulalia así me lo exigió. La llegada de los gemelos Jaime y Alfonso colmaron nuestro hogar de felicidad. Mis padres solo asistieron al convite porque tuvieron que viajar en autocar ya que no pude ir a recogerlos…
   A las navidades siguientes mi padre enfermó de angina de pecho y murió al poco tiempo. Mi madre se vio sola así que Eulalia y yo hicimos el esfuerzo de traerla a vivir con nosotros pero el carácter servicial de mi madre pronto chocaría con la finura de mi mujer. De modo que le ofrecí a mi madre vivir en una de las residencias más lujosas de la capital, evidentemente no aceptó sino que volvió al pueblo, no hice nada por retenerla sencillamente porque fui un mal hijo además de egoísta, injusto y un grandísimo miserable que no vio más allá de sí mismo y de su trabajo…seguido por su familia política pues me avergonzaba de los míos.
   Ahora estoy aquí, sentado en un frío banco de una lóbrega residencia a la que me trajo mi hija Elvira hace un mes. Estoy escribiendo mis memorias y al hacerlo, no puedo evitar sentirme culpable con lo que les hice a mis padres…ellos me lo dieron todo y yo, les respondí con la ignorancia y el egoísmo. Lamentarme de ello, ahora que no están no me ayuda a sentirme bien conmigo mismo pues me siento terriblemente solo y abandonado por mis propios hijos y ahora entiendo perfectamente el calvario que padecieron los míos cuando yo les dí la espalda…  
      
                         



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