martes, 31 de diciembre de 2013

Un golpe de suerte



                

          

   Quiero creer que todo cuanto nos sucede de un modo tan drástico y tan nefasto a lo largo y ancho de nuestras vidas, es cosa de un destino cruel y caprichoso y no, el resultado de una mano negra que disfruta empujándonos al abismo…
   De hecho no negaré que mi vida ha sido un camino de rosas sino todo lo contrario. Nací en el modesto barrio de Whitechapel con una madre biológica que ejercía la profesión más antigua del mundo pues fue así como me concibió. Si acaso, nunca conocí a mi verdadero padre, de modo que, tanto ella como yo malvivimos en una horrenda habitación que la señora Hansel regentaba por tres chelines al mes…un buen día, mi madre, Lily, contrajo la fiebre escarlata lo que motivó que muriera y yo fuera enviada a un orfanato.
   El lugar elegido se hacía llamar WorkHouse y era, para más inri, el peor de todos. El frío, el hambre y la miseria unida a la masiva plaga de piojos pronto harían mella en mi lánguido cuerpo. Enfermé y, quiso la Divina Providencia prolongar mi sufrimiento como si de un castigo se tratara, pues no morí como el resto de niños sino que sobreviví milagrosamente para presenciar y padecer la peor de las iras de la señorita Mitchell contra un mugriento y desprotegido grupo de huérfanos. Su férrea disciplina y su notoria insensibilidad la llevaba aplicar el peor de las sanciones, una vez, ordenó a Walter Adams permanecer de pie junto a una esquina hasta bien entrada la noche, sin tan siquiera tener derecho a un mísero mendrugo de pan, solo porque su incipiente tartamudez crispaba los nervios de semejante demonio de mujer…en cuanto a mí, no dudaba en alzar su fusta contra mi pobre espalda, dado mi carácter contestatario…
   No había ni un solo día que no me encerrara en este tétrico armario solo para temorizarme…
  Los días, las semanas y los años en ese horrible agujero transcurrieron con una aterradora lentitud e injusticia. No había ni un solo instante en mi vida en que no deseara irme de aquel horrible lugar sobre todo cuando mi amiga del alma, Megan Higgins, fue llevada a trabajar en casa de una acomodada familia…recuerdo que lloré amargamente en silencio. Por aquel entonces tenía solo seis años y una vida marcada por el hambre, la crueldad y la sinrazón. El mundo me había dado la espalda y yo no sabía cómo hacer para recuperar su trato su favor pues todo se tornó frío y lóbrego a mi alrededor…
   No sería hasta la primera de 1880 cuando empezaron a llegar nuevos aires pues la señorita Mitchell tropezó y acabó rodando por las destartaladas escaleras del hospicio. No en vano se fracturó la pierna derecha y tuvo, varias contusiones en el rostro y los brazos. Fue trasladada al hospital más cercano mientras muchos de mis compañeros morían de hambre y frío. No negaré que me alegré de su aparatoso accidente pues con ella lejos del orfanato, las autoridades enviaron un bello ángel llamado señorita Mckenzie quien no dudó en salvarnos de la más absoluta degradación. Pues Laura Fairfax, mi escuálida compañera de cama le confesó, entre sollozos, las atrocidades que había vivido tras las tenebrosas paredes de WorkHouse. El escándalo no tardaría en estallar salpicando a nuestros verdugos: el señor Howard, la señorita Madox, el señor Pagani, la señorita Tyler y, cómo no, la señorita Mitchell. Todos fueron llevados a juicio, lo que motivó que tuviéramos que testificar el horror que habíamos vivimos en WorkHouse. Aquello conmocionó a la opinión pública. De hecho se procedió a que los pocos niños que quedábamos en el orfanato fuéramos adoptados por familias acomodadas…a mí me tocó ir me a vivir con los Dashwood del condado de Surrey. Su afán por tener descendencia les llevó a acogerme con sumo agrado pues fui su hija pero en el sentido literal de la palabra. Y yo hice todo lo que estaba en mis manos por adaptarme a mi nueva vida. De hecho lo hice, mi padre, Patrick Dashwood y, mi madre, Evelyn Dashwood me dieron una vida basada en el amor y en el respeto. Me asignaron un cuarto enorme lleno de juguetes y libros y ahí me pasé parte de mi infancia…
   Si cabe crecí con la convicción que mi pasado formaba parte de un nefasto capítulo de una novela en la que yo había sido la protagonista.
  Convertida ya en una toda una mujer y con un doloroso pasado a cuestas, no dejé de adorar a mis padres hasta que un horrible accidente les segó la vida. Nuevamente la sombra de la tristeza y la desolación me arrojó al abismo del dolor y la rabia. Durante años me vestí de luto, sin más ánimo que aceptar que mi vida era un sendero de malos presagios. Si cabe me vi en la necesidad de cerrar la casa de campo en Surrey y trasladarme a vivir a Londres con mi inseparable doncella Heather, el bueno de Fielding, el mayordomo y la señora Grace, mi cocinara los cuales contribuyeron a habilitar mi casa en el número 20 de Regent Street...
   Mi vida, por aquel entonces, transcurrió igual de silenciosa y lenta que de costumbre. Me afané en continuar con el legado que mis padres me dejaron. Hice donaciones para los más desfavorecidos y me dediqué a  estrechar lazos de amistad con aquellas personas que decían ser amigos de mis padres entre las que se encontraba lady Adele Ainsworth, condesa viuda de Wellington. La señora en sí era muy afable y amable, tenía el cabello teñido de plata y era sumamente elegante en sus formas y decía ser la mejor amiga de mi madre y que había oído hablar mucho sobre mí a través de las cartas que ella le había escrito y, que era una auténtica pena que Evelyn muriera de ese modo tan horrible. Fielding me corroboró toda esta información la misma tarde en que disuadí a lady Ainsworth para que tomara el té conmigo…
-Tu madre, era una mujer realmente encantadora, Isabella…-me dice.
-Sí, lo era…-evoco tratando de no profundizar en tantos recuerdos en compañía de mamá y papá.
-Me alegra que lleves su apellido, nadie mejor que tú para hacerlo, se ve que eres tal y como Evelyn te describió en sus cartas…-rió. Me sonrojo por el hermoso cumplido.- Me gustaría contribuir en tu estancia en Londres…-pestañeo-. Una hermosa muchacha joven y rica como tú no puede andar perdiendo el tiempo…
   Sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo. A mamá le hubiera encantado verme vestida de blanco. Ese era su mayor anhelo. Suspiro sacudiendo de mi alma y de mi mente cualquier recuerdo nefasto y me centro en el presente…
-Oh… no se preocupe por mí, milady…
-LLámame por mi nombre, muchacha…
-Está bien, Adele…
-Por cierto, mañana mi nieto Jacob, va a dar un recital con su orquesta en Royal Albert, y, por supuesto, estás invitada al evento, querida…-me dice distraídamente.
-Oh, gracias…-le respondo engullendo un rico pastelito que Grace me prepara muy a menudo.
  Seguimos charlando hasta bien entrada la tarde. Cuando el flamante carruaje de la condesa surca la calle, Fielding y yo entramos dentro de la casa, me despido de toda la servidumbre y corro escaleras arriba. Decido que no llevaré luto para el recital sino que me pondré un discreto vestido en tonos salmón, Heather se encargaría del recogido y  fue así, como al día siguiente acompañada por Adele.              
              
  Lady Ainsworth contribuyó a presentarme a sus círculos de amigos más selectos y lo curioso fue que esa misma noche, la mejor amiga de mi madre logró devolverme la esperanza arrojando cierta luz a mi atormentada alma. me mostró el camino a una experiencia única que yo nunca tuve la oportunidad de conocer…pero traté de asimilar los nuevos cambios con calma y mucho cuidado, por temor a volver a caer sobre todo cuando me presentó a su nieto, lord Jacob Ainsworth, conde de Warwick poco después de acabar el hermoso recital… ¡era el hombre más apuesto que jamás haya visto! Pensé cuando lo tuve delante. Si cabe mis mejillas se tiñeron de rubor cuando le hice una leve reverencia…
-Muchos gusto, señorita Dashwood…
-Lord Ainsworth, el gusto es mío…
  Me mira durante un breve intervalo de tiempo pero la presencia de su hermosa acompañante, me hace creer que está comprometido pero no. Afortunadamente…
-Señorita Dashwood, permítame presentarle a mi amiga, la señorita Corina Saint James, la mejor violoncelista del universo…-dice admirándola.
   Vi cómo Adele entornaba los ojos con absoluta desaprobación. Era evidente que la mejor amiga de mi madre desaprobaba dicha amistad. Más tarde sabría el motivo pues, al parecer,  la señorita Saint James tenía fama de bohemia y rebelde. No en vano, me resultó interesante conocer a una mujer que mostraba su disconformidad ante una sociedad cada vez más estricta y exigente. No dudé en saludarla y, en menos de lo que canta un gallo, ella y yo nos hicimos amigas. Sé que a Adele no le hizo gracia, pero prefería la compañía de una de mis semejantes que la de una remilgada joven de buena familia que solo sabía hablar de cosas banales. En cuanto a lord Jacob, aquella noche le perdí de vista.
   De vuelta a mi hogar, no fui capaz de apartarlo de mi mente y, más aun cuando, Adele me anunció que iba a salir de gira en dos semanas. Traté de forcejear contra mi propio destino y, lo que hallé fue un duro muro de doble espesor que custodiaba mis emociones en la que el pasado aun perduraban tras él. Nuevamente, decidí que lo mejor era enterrar lo acaecido durante mi terrible infancia y ver la vida con otros ojos… aprendí a perdonar y a olvidar y recuperé la ilusión que me fueron arrebatados injustamente durante mi niñez. Me refugié en Adele, mi amiga y consejera, conocí numerosos rostros nuevos mientras el recuerdo de Lord Jacob seguía vivo en mí…las noticias que nos llegaban desde Francia eran magníficas dado que el público francés acogió al nieto de Adele con gran arraigo. Algo de lo que alegré notoriamente…tanto como cuando él regresó y nos volvimos a encontrar, casi me lanzo a sus brazos pero desistí en mi descarado empeño. Esta vez se presentó solo pues acordamos en vernos en Hyde Park al mediodía. Heather me acompañaba y estaba sentada a una distancia prudente de donde él y yo estábamos sentados. Charlamos largo y tendido sobre su gira por Europa. Yo lo oía con los cinco sentidos empapándome de su dilatada experiencia como músico…
-He vuelto a componer una sonata para piano y lleva su nombre, señorita Dashwood…-me dice. No puedo dejar de sonreír toda sonrojada…me mira fijamente. Pestañeo-. Ha de saber, que usted es mi nueva y más preciada musa.
   Finjo serenidad cuando no es así. Estoy temblando por dentro.
-Oh, no sabe cuánto me alegro…
-Me agradaría tocar dicha pieza para usted…y mi abuela.
-Me encantaría…
   Permanecemos unos cuantos minutos en silencio, le miro de reojo y es cuando me doy cuenta que me está mirando. Otra vez. Me miro las manos solo para controlar mis emociones para que no se desbordan. Necesito irme. ¡Ahora!  
-Se…se me hace tarde…-le digo ruborizada. Frunce el ceño-...he quedado con lady Mariam para comprar juguetes a los chicos del orfanato…
-¿Puedo disuadirla para que me permita acompañarlas, señorita Dashwood?...-abro la boca para responder y me trabo-. ¿Eso es un sí?
-Desde luego…vamos a necesitar ayuda para embalarlos…-sonrío mientras echamos a andar. Hace una hermosa mañana de lo más otoñal…
-Soy un gran experto en esas lides…-me responde ataviado con un elegante traje negro y camisa blanca y un abrigo marrón. Está muy guapo. Suspiro…-¿Está cansada? ¿Quiere que paremos?
-No…no, en absoluto…-me aventuro a decir…
   No sé a dónde va a parar toda esta situación pero me resisto.
-Quiero que sepa que me agrada su compañía…-le doy las gracias cortésmente, se detiene y evito decirle que a mí me fascina la suya. Me giro y le miro con cierta timidez-…¿acaso no se ha dado cuenta de…de que usted ha cautivado mi alma y mi corazón y que la amo, señorita Dashwood?...-me quedo petrificada. Enmudezco como cosa de cinco minutos-….¿no va a…a corresponder a mis sentimientos?
-Yo…-titubeo.
-¡Dígame al menos que…que disfruta de mi compañía!...-exclama mirándome con gran ternura. Mi corazón late de un modo aterrador a la par que esperanzador pues me armo de valor y le respondo…
-No solo disfruto con su compañía, sino que le considero un hombre realmente admirable a la par que generoso y, sí, yo también le amo, milord…
  Me mira y sostiene mi mano enguantada entre la suya solo para depositar sus labios sobre ella. me ruborizo más aún. Al cabo echamos a reír como dos chiquillos mientras echamos a adar hacia la casa de Adele para darle la feliz noticia…
                 


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