martes, 4 de marzo de 2014

Desátame



              

  Desata estas cadenas que me vinculan a ese ayer, desdichado e inhumano y acógeme en tu seno mostrándome el camino que conduce a tu corazón templado, sediento de amor y deseo, los cuales tratas de ocultar para no sufrir en vano. Más ansío que des ese paso para que me ayudes a sanar mis heridas y así, poder darte lo que tanto quieres pues…tú, mejor que nadie, has vivido conmigo esta ardua travesía bañada en fuertes tormentas, en la que nunca salía el sol pero...¡aquel día! Algo en mí cambió puesto que lloré en tus brazos y fue así, como pude ver al astro rey pero, a través, de tus ojos, ya que supiste darme con un cálido abrazo lo que él no supo concederme en un año.
 Pero hoy, tu mirada, frágil y benevolente, denota cierta facinación y un súbito cambio similar al mío. Nos hemos mirado fijamente sin temor alguno, mientras conversábamos animadamente en tu confortable salón y no he podido evitar emocionarme perdiéndome en la laguna de tus ojos, cristalinos y puros. Más no hizo falta añadir nada más...
 Habló el deseo, decidió la pasión que nos consumió sin control. De hecho sentí mi corazón acelerado y desbocado ante la sutileza de aquel repentino acto de amor. Me tranquilizaste con besos cargados de ternura mientras tus manos recorrían mi piel desnuda, avivando aquella llama que nos hechizaba hasta robarnos la razón... mis senos turgentes al igual que mis apretados muslos temblaron con cada caricia íntima tuya que me fragmentó en mil pedazos, una y otra vez, me desparramé sobre tu cuerpo liberado con el que jugué cruzando la barrera del pudor…furor desatado imposible de frenar…necesidad imperiosa de amarnos hasta la saciedad, pues aterrizamos atraídos por la delicada belleza de ese jardín prohibido repleto de dulces formas, suaves texturas y deliciosos sabores, mientras rodábamos entre nubes de agitación y excitación. Mi piel se dispersó sobre la tuya cobijándote con túnicas de entrega y rendición. Te dí con mis labios carnosos, lo que tú, con tu lengua de fuego que me quemaba con ricas sacudidas. Gritos surgidos en el tiempo el cual se detuvo por mera cortesía ante tanto ardor incontrolado, que golpeaba nuestros cuerpos en una llama candente, que nos ciñó en un remolino de fogosidad antes de caer, extenuados, a los confines de la tierra, donde permanecimos, uno en brazos del otro, a la espera de un nuevo amanecer cargado de esperanza e ilusión…





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