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El frío era luz
para mis pies descalzos:
la huella inquebrantable de lo vivido...
Y cuando la noche goteaba
sobre mi pecho abierto
ahíto de dolor y sed,
porque caminar era recordar...
Que sólo el invierno habitaba en mi sangre.
©Charlotte Bennet
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El frío era luz
para mis pies descalzos:
la huella inquebrantable de lo vivido...
Y cuando la noche goteaba
sobre mi pecho abierto
ahíto de dolor y sed,
porque caminar era recordar...
Que sólo el invierno habitaba en mi sangre.
©Charlotte Bennet
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No llores ahora
que el dolor es helada,
guárdate el llanto;
no es tuyo este martirio,
sino esta lanza
que surca mi alma devastada.
Arrancaste la rosa,
y sembraste la hojarasca,
adornándola con la mentira.
Ve con tu comedia;
yo me quedo con mi tragedia,
sabiendo dónde está mi refugio.
©Charlotte Bennet
1
Qué extraño
es ver cómo la niebla
ondea en lo profundo de nuestras almas.
Saber que donde alguna vez hubo llama,
el frío arde en un eco distraído,
sobre nuestros párpados rendidos.
No duele este desamor,
sino la costumbre que te nombra...
a pesar de que tu mano es sombra
sobre los acantilados desérticos,
que ya no suspiran.
©CHARLOTTE BENNET
que los bosques poblados de
escarcha.
Y, sin embargo, hay una nieve
©CHARLOTTE BENNET
I
Cada instante contigo
fue como una diminuta luz
que me envolvía
en la profundidad de tu noche seca,
buscando lo que ya no existía:
tu huella
en el latido del tiempo.
Y yo me sumergía
en ese piélago,
en la lluvia que dibujaba
sueños imposibles
y secretos exiguos,
mientras tú
vaticinabas
cuán efímero iba a ser todo.
© Charlotte Bennet
1
Mi voluntad ya no distingue
entre adoración y caída,
entre la herida y la ofrenda.
Confundí el amor
con el vértigo del desamor,
mientras la pasión latía en mis manos
como el fuego que todo lo destruye,
como la ausencia que arremete furiosa.
Vi cómo esos ojos
me miraban con anhelo.
Escuché esas promesas
perderse en la distancia.
Y aun así vuelvo al delirio,
al mismo abismo,
a esos labios equivocados.
Y me pregunto…
¿Los locos aman
o arrancan los pétalos
de las margaritas
por puro instinto?
©Charlotte Bennet
1
En un borde afilado trasnochas,
como una sombra que escarba, arremete,
exige
y nunca se sacia.
Vas a ciegas
a través de las cloacas húmedas del chismorreo,
masticando envidias,
escupiendo veneno
que aún humea entre tus labios.
Todo en ti ruge:
la avaricia,
la soberbia,
la gula de tu propia vanidad
retorciéndose
como un animal enjaulado.
Y aun así permaneces,
inclinada sobre la noche
como quien busca
un chisme enterrado
bajo tu carne putrefacta.
Hay una verdad torcida
pudriéndose en ti
como fruta fermentada,
olvidada en un verano amargo
y corrupto hirviendo en tu garganta.
Tejes falsedades,
y vendes maldades.
Pero la verdad regresa.
Siempre regresa.
A ese borde afilado
donde cohabitas,
—como una zorra—
donde respiras,
hambre
y miseria.
1 El frío era luz para mis pies descalzos: la huella inquebrantable de lo vivido... Y cuando la noche goteaba sobre mi pech...