Imagina que un día te
despiertas y descubres que tu ciudad ya no es la misma. Que algo ha cambiado, y
no para bien. Que el miedo empieza a formar parte de tu rutina diaria. Que
cierras la puerta de casa a cal y canto. Que salir a
comprar al supermercado deja de ser un gesto cotidiano a convertirse en una odisea, porque no hay alimentos... Y a ello se suma un aura de inseguridad ante la gran crisis migratoria que padece tu ciudad. Que, al caer la tarde, la incertidumbre aumenta y miras por la ventana
preguntándote cuándo terminará esta pesadilla. Que vivir con normalidad deja de
ser un derecho para convertirse en un privilegio. Mientras unos mueren ahogados en aguas frías, otros hacen de ello un negocio...Ahora bien... Deja de imaginar, y vívelo de verdad.
Mientras Europa nos
dedica unos minutos en los informativos y unas breves declaraciones
institucionales, Ceuta vuelve a situarse en la primera línea de una crisis
migratoria de enormes dimensiones. Muchos la analizan desde la distancia con
estadísticas, discursos políticos o debates ideológicos igual de absurdos como vacíos para cubrirse de gloria. Pero la realidad no
cabe en una tertulia ni en un titular. Nosotros la vivimos al abrir la puerta
de casa.
Aquí no hablamos solo
de migración. Hablamos de seres humanos que arriesgan la vida cruzando el
mar en busca de un futuro mejor. Hablamos de personas que mueren antes de alcanzar la orilla. Hablamos de
niños cuyo futuro se apaga entre las olas. Esa tragedia debería despertar la
conciencia del mundo. No sólo de toda Europa, pero la historia sigue repitiéndose una vez más. Y esta otra realidad apenas se habla de ella.
Por otra parte, Ceuta y los ceutíes nos hemos sentido abandonados en todos los sentidos. Ha habido comercios
saqueados, viviendas vacías forzadas u ocupadas, vecinos que viven con miedo y
escenas que jamás pensamos que volveríamos a contemplar. Muchos ceutíes observamos con
impotencia cómo nuestra ciudad pierde, poco a poco, la tranquilidad que siempre
la caracterizó.
¿De verdad alguien cree
que esto puede convertirse en algo cotidiano?
Contar lo que ocurre
en Ceuta no es racismo. No es xenofobia. Es ejercer el derecho —y también el
deber— de explicar una realidad que demasiadas veces se silencia. Defender la
dignidad de quienes llegan buscando un futuro mejor no es incompatible con
exigir seguridad, orden y protección para quienes vivimos aquí. Ambas cosas
no solo son compatibles: son imprescindibles en un Estado Social y Democrático de derecho.
Los cuerpos y fuerzas
de seguridad han estado ahí, pero no han podido hacerlo todo con
unos recursos claramente insuficientes para la magnitud de la situación. Pero su esfuerzo está muy por encima
de los medios con los que cuentan. Ellos no son el problema, sino un sistema
que siempre llega tarde, que actúa cuando la emergencia ya se ha desbordado y
que parece olvidar que Ceuta también es España y que España también es la
frontera sur de Europa.
A veces me pregunto si
la respuesta sería la misma si estas imágenes se produjeran frente al Congreso
de los Diputados, en la Puerta del Sol o junto al Parlamento Europeo. ¿Se
hablaría igual? ¿Se actuaría con la misma lentitud? ¿O el problema habría dejado
de ser invisible desde el primer momento?
No escribo estas
palabras para enfrentar a unas personas con otras. Tampoco para señalar a
quienes huyen de la pobreza, o de la desesperación. Sería
profundamente injusto por mi parte. Escribo porque me niego a aceptar que el sufrimiento de
unos tenga que traducirse en el abandono e inseguridad de otros.
No quiero acostumbrarme
a que la migración ilegal deje de ser una situación excepcional para
convertirse en una crisis permanente. No quiero que la tragedia humana que contemplamos estos horribles días siga utilizándose como arma política, mientras nadie afronta este desafío con el
rigor, los recursos y la responsabilidad que exige.
Ceuta no necesita más
promesas ni más discursos vacíos. Necesita un plan de actuación inmediato, y que quienes gobiernan comprendan que detrás de
cada cifra hay personas: las que llegan buscando esperanza y los que llevamos toda una vida llamando hogar a esta tierra. Porque una sociedad
empieza a fracasar cuando convierte en costumbre aquello que jamás debería
aceptar. Y desde hace años, en Ceuta,
corremos el riesgo de acostumbrarnos a lo inaceptable. Ojalá quien lea estas líneas, por una vez, se
pregunte qué haría si todo esto estuviera ocurriendo en su propia ciudad. Porque cuando el
problema llama a la puerta de tu casa, deja de ser una noticia y pasa a ser tu vida... CHARLOTTE BENNET.