que los bosques poblados de
escarcha.
Y, sin embargo, hay una nieve
©CHARLOTTE BENNET
que los bosques poblados de
escarcha.
Y, sin embargo, hay una nieve
©CHARLOTTE BENNET
I
Cada instante contigo
fue como una diminuta luz
que me envolvía
en la profundidad de tu noche seca,
buscando lo que ya no existía:
tu huella
en el latido del tiempo.
Y yo me sumergía
en ese piélago,
en la lluvia que dibujaba
sueños imposibles
y secretos exiguos,
mientras tú
vaticinabas
cuán efímero iba a ser todo.
© Charlotte Bennet
1
Mi voluntad ya no distingue
entre adoración y caída,
entre la herida y la ofrenda.
Confundí el amor
con el vértigo del desamor,
mientras la pasión latía en mis manos
como el fuego que todo lo destruye,
como la ausencia que arremete furiosa.
Vi cómo esos ojos
me miraban con anhelo.
Escuché esas promesas
perderse en la distancia.
Y aun así vuelvo al delirio,
al mismo abismo,
a esos labios equivocados.
Y me pregunto…
¿Los locos aman
o arrancan los pétalos
de las margaritas
por puro instinto?
©Charlotte Bennet
1
En un borde afilado trasnochas,
como una sombra que escarba, arremete,
exige
y nunca se sacia.
Vas a ciegas
a través de las cloacas húmedas del chismorreo,
masticando envidias,
escupiendo veneno
que aún humea entre tus labios.
Todo en ti ruge:
la avaricia,
la soberbia,
la gula de tu propia vanidad
retorciéndose
como un animal enjaulado.
Y aun así permaneces,
inclinada sobre la noche
como quien busca
un chisme enterrado
bajo tu carne putrefacta.
Hay una verdad torcida
pudriéndose en ti
como fruta fermentada,
olvidada en un verano amargo
y corrupto hirviendo en tu garganta.
Tejes falsedades,
y vendes maldades.
Pero la verdad regresa.
Siempre regresa.
A ese borde afilado
donde cohabitas,
—como una zorra—
donde respiras,
hambre
y miseria.
1
Si te fueras hoy,
la noche moriría en mis labios,
y en mis manos la luna
se vestiría de luto.
La brisa se quebraría
arrastrando silencios.
Amor, no te vayas aún.
No agites la sangre
que late bajo mis heridas abiertas.
©Charlotte Bennet
1
Buscamos seducirnos
en el reflejo
de nuestra misma penumbra:
tú eras un sombra herida,
yo un recuerdo golpeado
por tanta deslealtad.
Ninguno naufragó.
Buscamos sostenernos
en los filos quejosos
de nuestras heridas:
tú eras viento cansado,
yo la marea vencida
por las olas.
Ninguno se alejó.
Buscamos amarnos:
tú eras pretexto,
yo insistencia.
Y todo enmudeció.
©Charlotte Bennet
1
Se hizo de noche
en los quejumbrosos filos
de mi alma:
santuario de tus ofrendas pasadas,
que aún arden en mis labios
como dolientes plegarias.
Mi cuerpo,
sepulcro de tu mirada
y tierra engañada donde reposan
todos nuestros anhelos; aun así,
sé pronunciar tu nombre
sobre las ruinas de este silencio,
latente como una pobre sombra olvidada.
©Charlotte Bennet
1 Fui una hoguera que respiraba recuerdos antes de que la noche se tornara invierno, con la misma quietud que los bosques poblados de...