Nos quejamos demasiado-yo la primera-. Y nos valoramos muy poco. Y no, no es una cuestión de falta de empatía. Es, más
bien, una falta de perspectiva… y, en muchas ocasiones, una falta de amor
propio. Hemos normalizado vivir en un estado constante de insatisfacción. Nos
frustramos por lo que no tenemos o por aquello que ambicionamos, hasta el punto
de olvidar lo esencial: lo que sí está, y dejamos que pase desapercibido... Tener salud, un techo donde dormir, un plato de
comida, las personas que forman —o han formado— parte de nuestra vida... Eso es importante como poder respirar... Pero vivimos
demasiado centrados en nuestras carencias, en nuestros defectos, en compararnos con los demás como si eso
definiera todo lo que somos. Y no es así. Es posible que, en algún momento,
hayamos sido juzgados y sentenciados por personas que nunca debieron tener ese poder sobre
nosotros. Pero ese juicio no define nuestro valor, ni quiénes somos, ni en
quiénes podemos convertirnos. Y, desde luego, no debería seguir condicionándonos
a querernos. Hay muchas personas que
no son conscientes de la valía que tienen porque piensan que son poca cosa. Les han hecho creer eso. Y esto es preocupante. Porque
sufrir no debería ser el lugar donde uno decide quedarse a vivir, sino un obstáculo más que hay que combatir y superar.
A veces basta con mirar un poco más allá de
nuestra realidad, y ver otros rincones del mundo, donde hay quienes darían absolutamente
todo por tener una pequeña parte de lo que nosotros consideramos cotidiano. En serio...
Vivir una guerra, no tener un lugar donde dormir, pasar hambre o frío, no
disponer de ropa o calzado… perderlo todo, o directamente no haber tenido nunca
nada. Vivir en la pobreza... Eso sí es demoledor.
Y no se trata de negar los días malos. Todos los
tenemos. Forman parte de la vida. Pero una cosa es sentir, y otra muy distinta
es instalarse permanentemente en la queja. No hemos nacido para tenerlo todo, ni ser como los demás quieren que seamos, sino para aprender a valorar lo que ya tenemos… y lo que somos.
Quizá deberíamos aprender a mirar con más equilibrio, con más madurez, con más sensatez... Comenzar a ayudarnos unos a otros
en la medida de lo posible, en respetar y respetarnos a nosotros mismos. Crecer, avanzar...Y, desde ese punto,
empezar a construir, sobre todo, a querernos más, sin cargar
con el peso de opiniones que nunca debieron definirnos... Pero ello lo reservo para otro post. Buenas noches, lector/a. :)
Charlotte Bennet