Alguien me dijo una vez: "Si algo no te gusta, busca las herramientas necesarias y cámbialo. No importa el momento: actúa". Yo lo hago a diario, aunque a veces me dé con un canto en los dientes. Es el precio de ser reivindicativa y nada manejable porque callarnos es la firma de nuestra conformidad con lo inaceptable. Y yo no firmo.
El sistema nos vende mentiras a diario, y bajo el disfraz de un país moderno e interconectado… Pero sólo es un negocio redondo donde todos nos esforzamos para engordar las cuentas de terceros mientras la realidad pierde gracia. Es un contraste obsceno ver tantos edificios de lujo que insultan a las largas colas de hambre y paro de muchos. Mientras tanto, un puñado de idiotas debate nuestro futuro desde atriles de poder. En este panorama, la vivienda ha dejado de ser un hogar para convertirse en un foco de ocupación. Denunciamos el atropello y son los jueces quienes terminan dándole la razón al okupa. Mientras tanto, la educación se desangra, infravalorada y herida. Ya no hay interés por aprender; hoy la rentabilidad no está en el esfuerzo de una carrera universitaria, sino en la popularidad de TikTok o Instagram. Hemos cambiado el conocimiento por violencia visual y contenido raro.
Afuera, la vida real es otra. La delincuencia marca el ritmo del día, abriendo una brecha insalvable entre el brillo de la élite y la dureza del asfalto donde sobrevivimos las personas reales como tú y yo. Hay ciudades que deslumbran, sí, pero bajo sus focos late la indigencia y una injusticia que no se apaga con propaganda barata ni con promesas políticas de mierda. Debemos admitirlo: somos simples peones para un sistema con una profunda amnesia social. Olvidan, por pura conveniencia, que fuimos nosotros quienes los sentamos en esos tronos. Ahora, con las elecciones en Andalucía a la vuelta de la esquina, el guión se repite. El índice de parados es una roca inamovible. Educación, vivienda, sanidad y empleo siguen desangrándose año tras año por decisiones tomadas en las alturas. La dignidad y los derechos, esos que sobre el papel llaman "inviolables", en la práctica no son más que activos que cotizan en bolsa. La conclusión es amarga, sí, pero real: en España, y en cualquier rincón del mundo, si no eres rico o político, tienes demasiado que perder. Pero mientras nos quede voz, no habrán ganado del todo.
CHARLOTTE BENNET
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