sábado, 27 de septiembre de 2025

LIBERTAD

 

   Hay quienes aman de verdad, y quienes lo hacen desde el poder,  y el sometimiento. Y ese amor no es puro, sino que nos consume y destruye. Este poema es para quienes se han sentido atados y silenciados en una relación tóxica.

 

 1

Tejes versos nefastos
en el reverso de mi mano,
como ofrenda a la opacidad.

Brindas dolor,

mientras silencias mi voz 

que reclama libertad. 

                                                         ©Charlotte Bennet

 

miércoles, 24 de septiembre de 2025

¿Por qué recordamos lo malo en lugar de lo bueno?

 

  Hay días en los que no recordamos ni lo que hemos cenado, y otros en los que la memoria se nos llena de detalles como si fueran sombras danzando a nuestro alrededor. Curiosamente, no solemos retener los días buenos ni las risas, sino aquellos momentos grises, amargos, en los que algo se rompió, y tuvimos que estar un tiempo perdidos en la oscuridad, pero  ¿por qué la mente tiende a almacenar lo malo en lugar de lo bueno?

    Buscando inspiración para escribir este post, me topé con un artículo científico que explicaba que el cerebro está diseñado, entre otras cosas, para protegernos. Y para hacerlo, necesita recordar lo que duele. Yo creo que es algo innato, sobre todo cuando volvemos a un lugar donde nos pasó algo desagradable. La mente tiende a evocar ese instante como si proyectara una película. Eso me pasó esta mañana mientras hacía unas gestiones. Regresó a mí mente una imagen del pasado que preferiría no haber recordado. He de admitir que no me agradó nada volver atrás en el tiempo. ¿Cómo lo gestioné? Conecté con el presente. Eso me ayudó muchísimo. Créeme. Funciona.

        Está claro que el cerebro no olvida. Tiene memoria selectiva. Por eso, repite lo vivido de forma automática cuando un algo lo activa. Quizá por eso nuestra mente almacena con tanta precisión una discusión, una pérdida, un fracaso, o ese día exacto en el que alguien nos dejó de hablar. Nos acordamos de la ropa que llevábamos, la calle,  la hora, incluso de lo que dijimos. Pero, ¿cuántas veces recordamos lo bueno que nos ha pasado  en la vida?

     No es que no hayamos tenido días buenos. Es que, muchas veces, los vivimos de forma tan ligera, tan natural, que no pensamos en conservarlos. La alegría  que se siente es en el momento. No necesita análisis. En cambio, el dolor lo procesamos, lo repasamos, lo pensamos, lo escribimos, lo contamos. Lo revivimos una y otra vez, como si buscarle sentido fuera la única forma de digerirlo. Y sin darnos cuenta, lo fortalecemos. Lo volvemos parte de nosotros. Y cuando vuelve, ni siquiera sabemos cómo sacarlo de la cabeza. No sé si me explico...

      Hay personas que no recuerdan los cumpleaños felices, pero sí el día en que mengano no se acordó de felicitarle, y ya lo deja de hablar.  No recuerdan el primer "te quiero", pero sí la última discusión, la ruptura, el silencio. No es su culpa. Es el cerebro intentando protegernos de futuros batacazos. Por eso nos volvemos más selectivos, menos confiados, incluso menos sociables. Lo malo queda tatuado con consistencia. Lo bueno, a veces, pasa sin que lo notemos… porque nos parece natural.

       Pero también podemos entrenar la memoria. Podemos decidir qué conservar. Podemos detenernos un día cualquiera y decir: esto quiero recordarlo. Esta conversación, esta sensación, esta tarde en la que no pasó nada extraordinario. Y anotarlo. Y contarlo. Y agradecerlo. Para que también se quede grabado en nuestra retina.  Porque la memoria no es solo lo que vivimos. Es también lo que decidimos revivir. Y si no empezamos a guardar con intención los momentos felices, puede que un día miremos hacia atrás y solo veamos cicatrices… olvidando que también hubo alegría, compañía, calma. Tal vez no se trata de olvidar lo triste, sino de aprender a darle el mismo peso a lo bueno. Quizás no hemos sido tan infelices como creemos… solo hemos sido muy malos recordando aquellos momentos plagados de felicidad... Que no es lo mismo. ¿Tú qué opinas?

                                                       CHARLOTTE BENNET 

 

viernes, 19 de septiembre de 2025

LO QUE REALMENTE IMPORTA...

 

     Siempre he oído decir que la vida es corta y que hay que vivirla, pero ¿lo estamos haciendo realmente? Tal vez no. Porque, a menudo, nos encontramos atrapados en una espiral de quejas y preocupaciones sobre cosas que, al final, no tienen sentido. Nos pasamos la vida buscando respuestas donde no las hay, y la otra mitad culpando a la vida misma por nuestros fracasos. Y dejamos que el tiempo pase tontamente...Pero la vida es mucho más que eso. Es, en su esencia más pura, un delicado equilibrio entre lo que amamos y lo que tememos perder. Vivimos atrapados en nuestras rutinas diarias, que aunque a veces nos agotan, nos dan la falsa sensación de control sobre un destino que, en realidad, sigue siendo incierto. Hoy estamos aquí, pero ¿quién sabe qué nos depara el siguiente minuto?

      ¿Cuántas veces nos dejamos llevar por las preocupaciones sobre lo que no podemos controlar, olvidando lo que realmente importa en este preciso instante? Y cuando nos vemos en la cuerda floja, deseamos poder recuperar el tiempo perdido. Y entonces, te das cuenta de que los años se han ido, casi sin darnos cuenta. Por eso, no hay que desperdiciar cada segundo de nuestra vida. Hay que aferrarse a ella, valorar lo que tenemos, por muy insignificante que parezca. No es demagogia barata; es la pura realidad.

      La vida no es solo lo que tenemos frente a nosotros, sino también lo que damos, recibimos o queremos: un abrazo, una sonrisa, un momento de paz. Todo eso parece poca cosa, pero es más valioso que cualquier otro lujo material. Lo que tenemos es lo que construye nuestra existencia, lo que le da sentido a cada día, a cómo nos levantamos y enfrentamos la vida a cada instante. Sin embargo, a menudo nos perdemos en la búsqueda de metas más grandes, más lejanas, olvidando que la verdadera riqueza está en las pequeñas cosas, esas que no vemos ni apreciamos. Porque menos es más. 

    La vida, aunque breve, es un regalo incalculable. No sabemos cuánto tiempo tenemos, pero lo que sí sabemos es que cada momento cuenta. A veces estamos tan enfocados en el futuro, en lo que aún no hemos alcanzado, que olvidamos mirar hacia atrás y ver todo lo que ya hemos vivido y logrado. Cada paso que damos, cada experiencia, nos define de una manera única. Y aunque el camino no siempre sea fácil, es precisamente en esos momentos difíciles donde crecemos, aprendemos y, sobre todo, debemos valorar lo que realmente importa.

     Nos olvidamos ser nosotros mismos, de vivir auténticamente y tomar decisiones basadas en lo que realmente queremos, no en lo que se espera de nosotros. Vivir sin miedo, sin arrepentimientos, siendo fieles a nuestros principios y creencias, es lo que realmente nos da esa paz. No permitas que las expectativas de los demás o las presiones te hagan perder la esencia de lo que eres, porque si lo haces, te habrás perdido a ti mismo.

     La vida no trae consigo un guión o un manual de instrucciones. A veces, lo mejor está en lo inesperado, en lo que nos toma por sorpresa. No dejes que los pequeños tropiezos te hagan perder de vista lo que has logrado hasta ahora. La vida no se mide por lo que obtenemos, sino por cómo la vivimos, por nuestra capacidad de amar, de ser amados, de aprender, de crecer.  Así que, en lugar de perder el tiempo con preocupaciones insustanciales o en lo que aún no hemos alcanzado, enfoquémonos en lo que está frente a nosotros. Valoremos cada día, por pequeño que parezca. Vivamos con gratitud, con la conciencia de que cada momento, por fugaz que sea, es único e irrepetible. Y lo más importante, vivamos siendo quienes somos, sin miedo, sin máscaras. Porque, al final, lo único que realmente importa es cómo elijamos vivir nuestra vida. Nada más.

 

                                       CHARLOTTE BENNET

 

 


       


 

 

 

     1 El frío era luz para mis pies descalzos: la huella inquebrantable de lo vivido... Y cuando la noche goteaba   sobre mi pech...