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Se hizo de noche
en los quejumbrosos filos
de mi alma:
santuario de tus ofrendas pasadas,
que aún arden en mis labios
como dolientes plegarias.
Mi cuerpo,
sepulcro de tu mirada
y tierra engañada donde reposan
todos nuestros anhelos; aun así,
aún sé pronunciar tu nombre
sobre las ruinas de este silencio,
latente como una pobre sombra olvidada.
©Charlotte Bennet
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