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Ardiste en la penumbra del olvido,
sintiendo el temblor de la conciencia
y de la vida que te susurraba.
Concediste tu savia a un río desbordado
que no supo ser cauce, sino abismo.
Y caíste en una oscuridad voraz,
sintiendo que la herida manaba
como la hojarasca fermentada
arrastrada por un invierno huraño.
Pero arrancaste la espiga afilada.
Ya no hay dolor:
solo el sonido violento de un latido
que te reclama…
©Charlotte Bennet