sábado, 28 de diciembre de 2013

Retrato de una joven bailarina

                  
         

   Yo, al igual que el personaje Billy Elliot, quiero bailar. 
   No negaré que siempre me fascinó el hermoso mundo del ballet y de la danza clásica. Si acaso el apoyo de mi abuela Tess fue lo que me impulsó a no perder la esperanza de hacer realidad mi sueño: convertirme en una excelente bailarina….
   Recuerdo que tenía solo tres años cuando me coloqué mi primer tutú acompañado por mis zapatillas negras de ballet y que aún conservo al igual que el vídeo que mi madre filmó. Aquel dia iba actuar en una función del colegio. Era la que más resaltaba del grupo dado que era alta y delgada. De hecho fui una niña precoz que tenía las ideas muy claras sobre qué quería ser cuando fuera mayor. No en vano traje de cabeza a mi madre para que me permitiera inscribirme en todas las funciones escolares habidas y por haber. Y, lo cierto es, que nunca se opuso a ello porque veía en mí un innato talento.
   Ya en el instituto me volví a apuntar en otro taller de danza clásica con la señorita Rosalynd Pérez quien no dudó en apostar por mí desde un primer instante. Ella fue mi referente, me fascinaba verla ejecutar cada paso con la elegancia y la agilidad de una consagrada bailarina. Mi profesora habló con mi madre  y la disuadió para que formara parte de su escuela de danza ubicada no lejos de donde vivíamos. Mi madre, evidentemente cedió pero tuvo que hacer malabares para poder costearme dichas clases.
  Durante años me dediqué a lo que más me gustaba hacer, es decir, bailar. Si acaso lo compaginaba con mi formación académica como promesa hecha a mi madre. Me gradué y rehusé abiertamente ir a la universidad. Ello provocó una ligera catarsis en mi familia con la abuela Tess posicionándose a mi favor. Ella también quiso ser bailarina pero mi bisabuela se lo prohibió terminantemente, luego nadie mejor que ella podía entender mi anhelo…
  En medio de semejante ráfaga de felicidad y trabajando los fines de semana en un establecimiento de comida rápida quiso la Divina Providencia que mi madre fuera diagnosticada con un melanoma el cual acabó con su vida, dejándonos a mis hermanos y a mí sumidos en la más terrible de las tristezas. Se suponía que aquello no debía de ocurrirnos porque mi madre gozaba de una excelente salud. De hecho me costó muchísimo asumir que ella ya no estaba. Todo se me hizo muy grande y complicado pues siendo la mayor, me vi en la necesidad de cuidar de mis tres hermanos, así que no dudé en renunciar a mi sueño y me dediqué de lleno a los míos, porque mi padre siempre fue un hombre egoísta que solo pensaba en sí mismo y en en tener a mano una buena botella de whisky. No se preocupaba por nada ni por nadie...no negaré que le odié por ello y por no haber sido capaz de sacarnos adelante pero, con el tiempo me dí cuenta de que mi padre estaba enfermo y que necesitaba ayuda, así que no dudé en acudir al reverendo Francis quien le buscó un hueco de un centro de rehabilitación destinado a alcohólicos. Por entonces tuvimos que trasladarmos a vivir a casa de la abuela Tess, en el Bronx. Eran momentos muy delicados a la par que difíciles para toda la familia Burns.
  Resignados a no querer olvidar a nuestra madre, mi vida no tardaría en ensombrecerse pues no veía salida por ninguna parte. Todo eran preocupaciones, facturas que había que pagar, cocinar, fregar, llevar a mi hermanos a la escuela, recogerlos...por si ello no era suficiente, el dolor me consumió hasta dejarme sin fuerzas...
  La pena, con el tiempo, se convirtió en mi aliada en los momentos de bajón, solo la danza podía salvarme de caer en ese oscuro abismo que amenazaba con deborarme ahora que mi madre no estaba para consolarme y darme fuerzas pues no quería angustiar a la pobre abuela Tess, la cual, tenía bastante con su delicada salud, así como acogernos en su seno. Aun así, ella no dudó en animarme a retomar mis clases con la señorita Pérez. Al principio rehusé pero acabé por seguir su consejo. Mi profesora se alegró mucho de verme al igual que todos mis compañeros…por otro lado, y sin que sirva de precedentes, la culpabilidad pronto se ciñó sobre mi alma solo porque estaba haciendo algo que realmente me llenaba cuando mi madre, hacía solo tres meses que había fallecido. Tal parecía que carecía de sentimientos pero no era así, pues, era yo quien, todas las noches, se abrazaba a su foto y se dormía llorando en silencio. Nadie podía entender el duelo que estaba pasando por eso no dudé en castigarme sometiendo mi cuerpo a la más absoluta de las disciplinas. Cuanto más dolor me infligía, mejor me sentía. Hubo, una vez, que me sangraron los dedos del pie de tanto ensayar. Aun así no me quejé en voz alta. Hacerlo me hacía sentir débil y poca cosa... 
    Trabajé duramente la flexibilidad de mis músculos inferiores y superiores, unida a mi elasticidad en brazos, piernas y cuello. Estaba siempre atenta a las clases y no me iba a casa hasta haber aprendido la lección del día…mi constancia y mi esfuerzo hacía que mis pies, mis piernas y mi columna se llevaran la peor parte y tanto que la propia Rosalynd me llamó la atención y fue, ahí justamente cuando me di cuenta que estaba sobrepasando la barrera de la locura y que tenía que poner fin a tanta obsesión. Lloré amargamente dejando que mis emociones salieron a la luz liberándome de ese enorme peso que me estaba torturando por dentro…
-A veces, la vida nos pone muchos obstáculos, solo has de saber superarlos, mi querida Anastasia…-me dijo Rosalynd…
    Tal vez estuviera en lo cierto, así que no me rendí, luché por derribar dichos obstáculos y logré encontrar la paz interior que tanto me faltó pero el recuerdo de mi madre aun seguía vivo en mí. Ello me ayudaba a afrontar la vida con cierto optimismo. Por aquel entonces tenía veinte años y nuestra escuela de danza iba a representar ¨Romeo y Julieta¨. Mi compañero y amigo Gary Daniels y yo nos hicimos con los papeles principales. 
   Recuerdo que la noche anterior, apenas pude conciliar el sueño porque íbamos a bailar para más de cien personas en el NYIT Auditorium on Broadway. La vida no podía haberme hecho mejor regalo…si cabe al día siguiente me puse a vomitar como una posesa a escasamente media hora antes de salir al escenario. Mis hermanos pequeños, Lily, Cliff y Sally estaban con la abuela Tess y mi padre quien parecía estar saliendo paulatinamente de su adicción. Estaban sentados en la cuarta fila junto con el resto de familiares y amigos de mis compañeros. Me faltaba alguien especial a la que siempre llevaba conmigo allá donde fuera y esa, era, sin duda, mi madre, pero tenía el fiel convencimiento de que me estaría viendo desde el cielo lo que me hizo sentir bien…opté por rezar unas cuantas plegarias con el corazón latiente y los nervios a flor de piel, al abrir mis ojos, la vi, a ella, sonriéndome al otro extremo del escenario mientras mis compañeros y yo tomábamos posiciones…pestañeé reiteradamente controlando mis emociones…respiré hondo, rogándole a Dios que me ayudara y fue así como la música empezó a sonar y yo me dejé llevar por la dulce melodía transformándome en una hermosa y sentida Julieta que convenció a toda la crítica…
   Poco tiempo después de ello, me llegó la oportunidad de formar parte de otra  compañía de ballet con la que representamos varias piezas musicales y nuevamente volví a brillar con luz propia pero acabé volviendo a mis orígenes, es decir, al lado de mi querida  Rosalynd Pérez quien tanto me había enseñado…   

                 
        
 © Propiedad Intelectual. Todos los relatos, novelas y poesías que leéis están registrados. Charlotte Bennet.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Mi eterna nostalgia



 


                  

     Alguien dijo que el que no cuidaba de sus mayores, corría el riesgo de que sus hijos le hicieran lo mismo. Evidentemente no me dí cuenta de ello hasta demasiado tarde…
    Nací lo menos hace sesenta años en Don Benito, una ciudad de la provincia de Badajoz. Soy hijo único de María Fernanda Gómez y Pedro Suárez que en Gloria estén. No hace falta que rememore etapas pasadas pero quiero hacer especial hincapié que fui un hijo muy deseado después de varios abortos. Mi madre por aquel entonces se cuidó muchísimo y siguió a rajatabla los consejos del médico. Guardó reposo en medio de tantas fatigas y náuseas mientras mi padre pintaba mi habitación y se encargaba de comprar los muebles… aun así mi nacimiento fue, según mi madre,  la alegría más grande de sus vidas. Mis padres lloraron de la emoción y dieron gracias a Dios por tan hermoso regalo. Mi madre me amamantó y cuidó de mí. Me bañaba, aseaba y acunaba cantándome una nana. Por lo que me pudieron contar, fui un bebé llorón que hacía que sus padres se quedasen todas las noches en vela sobre todo cuando empezaron a salirme los dientes de leche incluso cuando ello pasó y comencé a dar mis primeros pasitos no dudaron en inmortalizarlo con la vieja cámara del tío Agustín.   
   Estaban pletóricos y embriagados por la felicidad de criar y educar a su hijo Pablo. Mi infancia transcurrió unido a mis padres porque dependía de ellos. Mi madre me llevaba a la escuela del pueblo y era mi padre quien me recogía después de trabajar en el campo. Yo era, un niño feliz, mimado por los suyos pero con una impecable educación… de todos mis primos paternos, yo era el ojo derecho de mis abuelos Encarna y Luis, era el que más regalos recibía y el que más dinero obtuve durante mi comunión. Mis padres tiraron la casa por la ventana y, nuevamente volví a ser un niño feliz…la adolescencia no tardó en hacer acto de presencia, tenía que coger el autobús para ir al instituto donde encontraría al amor de mi vida, Eulalia Domínguez, una niña de bien con la que me comprometí después de ir a la universidad gracias al esfuerzo de mis padres pues me licencié en Derecho. Pronto me independicé con algunos compañeros de la facultad pues nos trasladamos a vivir a la capital donde abrimos un bufete de abogados. Aun así mi padre me enviaba giros todos los meses para ayudarme en el alquiler y para  comer. Nunca me faltó nada pues siempre que les necesité, ellos me respondían con creces…de hecho el convite de mi boda con Eulalia corrió por cuenta de ellos, para entonces, ya tenía una casa en el exclusivo barrio de Chamberí.
   Eulalia y yo estábamos encantados con nuestro hogar y nuestra nueva  vida en la capital. Mis suegros venían a comer todos los días a casa. Eran admirables y me querían como a un hijo…en cuanto a mis padres, hablaba con ellos por teléfono siempre que mi trabajo me lo permitía porque siempre estaba ocupado…no tenía tiempo ni para mí mismo. De hecho no asistí al parto de mi primer hijo, Raúl, pues estaba de viaje, ya en el de Elvira me vi en la necesidad de reducir mi jornada laboral porque Eulalia así me lo exigió. La llegada de los gemelos Jaime y Alfonso colmaron nuestro hogar de felicidad. Mis padres solo asistieron al convite porque tuvieron que viajar en autocar ya que no pude ir a recogerlos…
   A las navidades siguientes mi padre enfermó de angina de pecho y murió al poco tiempo. Mi madre se vio sola así que Eulalia y yo hicimos el esfuerzo de traerla a vivir con nosotros pero el carácter servicial de mi madre pronto chocaría con la finura de mi mujer. De modo que le ofrecí a mi madre vivir en una de las residencias más lujosas de la capital, evidentemente no aceptó sino que volvió al pueblo, no hice nada por retenerla sencillamente porque fui un mal hijo además de egoísta, injusto y un grandísimo miserable que no vio más allá de sí mismo y de su trabajo…seguido por su familia política pues me avergonzaba de los míos.
   Ahora estoy aquí, sentado en un frío banco de una lóbrega residencia a la que me trajo mi hija Elvira hace un mes. Estoy escribiendo mis memorias y al hacerlo, no puedo evitar sentirme culpable con lo que les hice a mis padres…ellos me lo dieron todo y yo, les respondí con la ignorancia y el egoísmo. Lamentarme de ello, ahora que no están no me ayuda a sentirme bien conmigo mismo pues me siento terriblemente solo y abandonado por mis propios hijos y ahora entiendo perfectamente el calvario que padecieron los míos cuando yo les dí la espalda…  
      
                         



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