martes, 31 de diciembre de 2013

Un golpe de suerte



                

          

   Quiero creer que todo cuanto nos sucede de un modo tan drástico y tan nefasto a lo largo y ancho de nuestras vidas, es cosa de un destino cruel y caprichoso y no, el resultado de una mano negra que disfruta empujándonos al abismo…
   De hecho no negaré que mi vida ha sido un camino de rosas sino todo lo contrario. Nací en el modesto barrio de Whitechapel con una madre biológica que ejercía la profesión más antigua del mundo pues fue así como me concibió. Si acaso, nunca conocí a mi verdadero padre, de modo que, tanto ella como yo malvivimos en una horrenda habitación que la señora Hansel regentaba por tres chelines al mes…un buen día, mi madre, Lily, contrajo la fiebre escarlata lo que motivó que muriera y yo fuera enviada a un orfanato.
   El lugar elegido se hacía llamar WorkHouse y era, para más inri, el peor de todos. El frío, el hambre y la miseria unida a la masiva plaga de piojos pronto harían mella en mi lánguido cuerpo. Enfermé y, quiso la Divina Providencia prolongar mi sufrimiento como si de un castigo se tratara, pues no morí como el resto de niños sino que sobreviví milagrosamente para presenciar y padecer la peor de las iras de la señorita Mitchell contra un mugriento y desprotegido grupo de huérfanos. Su férrea disciplina y su notoria insensibilidad la llevaba aplicar el peor de las sanciones, una vez, ordenó a Walter Adams permanecer de pie junto a una esquina hasta bien entrada la noche, sin tan siquiera tener derecho a un mísero mendrugo de pan, solo porque su incipiente tartamudez crispaba los nervios de semejante demonio de mujer…en cuanto a mí, no dudaba en alzar su fusta contra mi pobre espalda, dado mi carácter contestatario…
   No había ni un solo día que no me encerrara en este tétrico armario solo para temorizarme…
  Los días, las semanas y los años en ese horrible agujero transcurrieron con una aterradora lentitud e injusticia. No había ni un solo instante en mi vida en que no deseara irme de aquel horrible lugar sobre todo cuando mi amiga del alma, Megan Higgins, fue llevada a trabajar en casa de una acomodada familia…recuerdo que lloré amargamente en silencio. Por aquel entonces tenía solo seis años y una vida marcada por el hambre, la crueldad y la sinrazón. El mundo me había dado la espalda y yo no sabía cómo hacer para recuperar su trato su favor pues todo se tornó frío y lóbrego a mi alrededor…
   No sería hasta la primera de 1880 cuando empezaron a llegar nuevos aires pues la señorita Mitchell tropezó y acabó rodando por las destartaladas escaleras del hospicio. No en vano se fracturó la pierna derecha y tuvo, varias contusiones en el rostro y los brazos. Fue trasladada al hospital más cercano mientras muchos de mis compañeros morían de hambre y frío. No negaré que me alegré de su aparatoso accidente pues con ella lejos del orfanato, las autoridades enviaron un bello ángel llamado señorita Mckenzie quien no dudó en salvarnos de la más absoluta degradación. Pues Laura Fairfax, mi escuálida compañera de cama le confesó, entre sollozos, las atrocidades que había vivido tras las tenebrosas paredes de WorkHouse. El escándalo no tardaría en estallar salpicando a nuestros verdugos: el señor Howard, la señorita Madox, el señor Pagani, la señorita Tyler y, cómo no, la señorita Mitchell. Todos fueron llevados a juicio, lo que motivó que tuviéramos que testificar el horror que habíamos vivimos en WorkHouse. Aquello conmocionó a la opinión pública. De hecho se procedió a que los pocos niños que quedábamos en el orfanato fuéramos adoptados por familias acomodadas…a mí me tocó ir me a vivir con los Dashwood del condado de Surrey. Su afán por tener descendencia les llevó a acogerme con sumo agrado pues fui su hija pero en el sentido literal de la palabra. Y yo hice todo lo que estaba en mis manos por adaptarme a mi nueva vida. De hecho lo hice, mi padre, Patrick Dashwood y, mi madre, Evelyn Dashwood me dieron una vida basada en el amor y en el respeto. Me asignaron un cuarto enorme lleno de juguetes y libros y ahí me pasé parte de mi infancia…
   Si cabe crecí con la convicción que mi pasado formaba parte de un nefasto capítulo de una novela en la que yo había sido la protagonista.
  Convertida ya en una toda una mujer y con un doloroso pasado a cuestas, no dejé de adorar a mis padres hasta que un horrible accidente les segó la vida. Nuevamente la sombra de la tristeza y la desolación me arrojó al abismo del dolor y la rabia. Durante años me vestí de luto, sin más ánimo que aceptar que mi vida era un sendero de malos presagios. Si cabe me vi en la necesidad de cerrar la casa de campo en Surrey y trasladarme a vivir a Londres con mi inseparable doncella Heather, el bueno de Fielding, el mayordomo y la señora Grace, mi cocinara los cuales contribuyeron a habilitar mi casa en el número 20 de Regent Street...
   Mi vida, por aquel entonces, transcurrió igual de silenciosa y lenta que de costumbre. Me afané en continuar con el legado que mis padres me dejaron. Hice donaciones para los más desfavorecidos y me dediqué a  estrechar lazos de amistad con aquellas personas que decían ser amigos de mis padres entre las que se encontraba lady Adele Ainsworth, condesa viuda de Wellington. La señora en sí era muy afable y amable, tenía el cabello teñido de plata y era sumamente elegante en sus formas y decía ser la mejor amiga de mi madre y que había oído hablar mucho sobre mí a través de las cartas que ella le había escrito y, que era una auténtica pena que Evelyn muriera de ese modo tan horrible. Fielding me corroboró toda esta información la misma tarde en que disuadí a lady Ainsworth para que tomara el té conmigo…
-Tu madre, era una mujer realmente encantadora, Isabella…-me dice.
-Sí, lo era…-evoco tratando de no profundizar en tantos recuerdos en compañía de mamá y papá.
-Me alegra que lleves su apellido, nadie mejor que tú para hacerlo, se ve que eres tal y como Evelyn te describió en sus cartas…-rió. Me sonrojo por el hermoso cumplido.- Me gustaría contribuir en tu estancia en Londres…-pestañeo-. Una hermosa muchacha joven y rica como tú no puede andar perdiendo el tiempo…
   Sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo. A mamá le hubiera encantado verme vestida de blanco. Ese era su mayor anhelo. Suspiro sacudiendo de mi alma y de mi mente cualquier recuerdo nefasto y me centro en el presente…
-Oh… no se preocupe por mí, milady…
-LLámame por mi nombre, muchacha…
-Está bien, Adele…
-Por cierto, mañana mi nieto Jacob, va a dar un recital con su orquesta en Royal Albert, y, por supuesto, estás invitada al evento, querida…-me dice distraídamente.
-Oh, gracias…-le respondo engullendo un rico pastelito que Grace me prepara muy a menudo.
  Seguimos charlando hasta bien entrada la tarde. Cuando el flamante carruaje de la condesa surca la calle, Fielding y yo entramos dentro de la casa, me despido de toda la servidumbre y corro escaleras arriba. Decido que no llevaré luto para el recital sino que me pondré un discreto vestido en tonos salmón, Heather se encargaría del recogido y  fue así, como al día siguiente acompañada por Adele.              
              
  Lady Ainsworth contribuyó a presentarme a sus círculos de amigos más selectos y lo curioso fue que esa misma noche, la mejor amiga de mi madre logró devolverme la esperanza arrojando cierta luz a mi atormentada alma. me mostró el camino a una experiencia única que yo nunca tuve la oportunidad de conocer…pero traté de asimilar los nuevos cambios con calma y mucho cuidado, por temor a volver a caer sobre todo cuando me presentó a su nieto, lord Jacob Ainsworth, conde de Warwick poco después de acabar el hermoso recital… ¡era el hombre más apuesto que jamás haya visto! Pensé cuando lo tuve delante. Si cabe mis mejillas se tiñeron de rubor cuando le hice una leve reverencia…
-Muchos gusto, señorita Dashwood…
-Lord Ainsworth, el gusto es mío…
  Me mira durante un breve intervalo de tiempo pero la presencia de su hermosa acompañante, me hace creer que está comprometido pero no. Afortunadamente…
-Señorita Dashwood, permítame presentarle a mi amiga, la señorita Corina Saint James, la mejor violoncelista del universo…-dice admirándola.
   Vi cómo Adele entornaba los ojos con absoluta desaprobación. Era evidente que la mejor amiga de mi madre desaprobaba dicha amistad. Más tarde sabría el motivo pues, al parecer,  la señorita Saint James tenía fama de bohemia y rebelde. No en vano, me resultó interesante conocer a una mujer que mostraba su disconformidad ante una sociedad cada vez más estricta y exigente. No dudé en saludarla y, en menos de lo que canta un gallo, ella y yo nos hicimos amigas. Sé que a Adele no le hizo gracia, pero prefería la compañía de una de mis semejantes que la de una remilgada joven de buena familia que solo sabía hablar de cosas banales. En cuanto a lord Jacob, aquella noche le perdí de vista.
   De vuelta a mi hogar, no fui capaz de apartarlo de mi mente y, más aun cuando, Adele me anunció que iba a salir de gira en dos semanas. Traté de forcejear contra mi propio destino y, lo que hallé fue un duro muro de doble espesor que custodiaba mis emociones en la que el pasado aun perduraban tras él. Nuevamente, decidí que lo mejor era enterrar lo acaecido durante mi terrible infancia y ver la vida con otros ojos… aprendí a perdonar y a olvidar y recuperé la ilusión que me fueron arrebatados injustamente durante mi niñez. Me refugié en Adele, mi amiga y consejera, conocí numerosos rostros nuevos mientras el recuerdo de Lord Jacob seguía vivo en mí…las noticias que nos llegaban desde Francia eran magníficas dado que el público francés acogió al nieto de Adele con gran arraigo. Algo de lo que alegré notoriamente…tanto como cuando él regresó y nos volvimos a encontrar, casi me lanzo a sus brazos pero desistí en mi descarado empeño. Esta vez se presentó solo pues acordamos en vernos en Hyde Park al mediodía. Heather me acompañaba y estaba sentada a una distancia prudente de donde él y yo estábamos sentados. Charlamos largo y tendido sobre su gira por Europa. Yo lo oía con los cinco sentidos empapándome de su dilatada experiencia como músico…
-He vuelto a componer una sonata para piano y lleva su nombre, señorita Dashwood…-me dice. No puedo dejar de sonreír toda sonrojada…me mira fijamente. Pestañeo-. Ha de saber, que usted es mi nueva y más preciada musa.
   Finjo serenidad cuando no es así. Estoy temblando por dentro.
-Oh, no sabe cuánto me alegro…
-Me agradaría tocar dicha pieza para usted…y mi abuela.
-Me encantaría…
   Permanecemos unos cuantos minutos en silencio, le miro de reojo y es cuando me doy cuenta que me está mirando. Otra vez. Me miro las manos solo para controlar mis emociones para que no se desbordan. Necesito irme. ¡Ahora!  
-Se…se me hace tarde…-le digo ruborizada. Frunce el ceño-...he quedado con lady Mariam para comprar juguetes a los chicos del orfanato…
-¿Puedo disuadirla para que me permita acompañarlas, señorita Dashwood?...-abro la boca para responder y me trabo-. ¿Eso es un sí?
-Desde luego…vamos a necesitar ayuda para embalarlos…-sonrío mientras echamos a andar. Hace una hermosa mañana de lo más otoñal…
-Soy un gran experto en esas lides…-me responde ataviado con un elegante traje negro y camisa blanca y un abrigo marrón. Está muy guapo. Suspiro…-¿Está cansada? ¿Quiere que paremos?
-No…no, en absoluto…-me aventuro a decir…
   No sé a dónde va a parar toda esta situación pero me resisto.
-Quiero que sepa que me agrada su compañía…-le doy las gracias cortésmente, se detiene y evito decirle que a mí me fascina la suya. Me giro y le miro con cierta timidez-…¿acaso no se ha dado cuenta de…de que usted ha cautivado mi alma y mi corazón y que la amo, señorita Dashwood?...-me quedo petrificada. Enmudezco como cosa de cinco minutos-….¿no va a…a corresponder a mis sentimientos?
-Yo…-titubeo.
-¡Dígame al menos que…que disfruta de mi compañía!...-exclama mirándome con gran ternura. Mi corazón late de un modo aterrador a la par que esperanzador pues me armo de valor y le respondo…
-No solo disfruto con su compañía, sino que le considero un hombre realmente admirable a la par que generoso y, sí, yo también le amo, milord…
  Me mira y sostiene mi mano enguantada entre la suya solo para depositar sus labios sobre ella. me ruborizo más aún. Al cabo echamos a reír como dos chiquillos mientras echamos a adar hacia la casa de Adele para darle la feliz noticia…
                 


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lunes, 30 de diciembre de 2013

La apuesta

                   


  La primera vez que la vi, supe que debía de ser mía al precio que fuera pero nunca me atreví a dar el paso sencillamente porque no estaba dispuesto a tropezar de nuevo con la misma piedra. Y simplemente me limité a ser su amigo...
  Nora Carter era una mujer increíblemente agradable a la par que simpática. Su incipiente belleza no pasaba desapercibida ante los ojos de nadie, además, tenía una cálida sonrisa la cual me cautivó desde un primer instante y tanto que, recuerdo que me ruboricé, aquella vez, cuando me sirvió una jarra de cerveza sin alcohol. Admito que nunca antes me había pasado nada igual con ninguna otra mujer, salvo con ella, con Nora, la simpática camarera del Joe´s, un bar de copas de Chicago al que que suelo ir, muy a menudo, después de una intensa jornada laboral. Digamos que es mi punto de encuentro con  mis dos mejores amigos; Frank Thompson, un reputado fotógrafo de una cotizada revista de moda y  Jerry  Malone, un conocido abogado matrimonialista a los que me uno yo, un humilde arquitecto que trabaja para una importante empresa. 
   Los tres nos conocemos desde que éramos unos críos y, desde, entonces, nunca nos hemos separado. Digamos que somos como hermanos, no hay secretos entre nosotros sobre todo en temas de faldas...hasta que conocí a Nora. Mis amigos no saben que la chica me gusta desde hace tiempo. Sí, suena ridículo y más en un tío que casi ronda los cuarenta años como yo pero, prefiero que mi secreto siga bien guardado pues conozco muy bien cómo son mis amigos y de lo que son capaces de hacer…     
   Si cabe, el impulsivo de Frank, le entró la locura de casarse con Viola Mathews a la que conoció una noche despues de tirarsela en los baños de una conocida discoteca de moda de la ciudad. Según él, lo suyo con su esposa fue amor a primera vista, por lo tanto no pudo resistirse a pasar por la vicaría nada más conocerse. Algo que Jerry y a mí, nos hizo mucha gracia porque, de la noche a la mañana, el muy tonto nos dejó tirados a ambos. El tío alegó que estaba harto de tantas apuestas y que prefería hacerlo solo con su esposa a la que amaba con locura…a Jerry y a mí nos resultó extraño oírle decir semejante barbaridad ya que fue él quien ideó el jodido juego al que eludía y al que no dudamos en sucumbir los tres. Por aquel entonces mi ex me había abandonado por otro, más rico que yo al que conoció en un crucero por el Caribe…a raíz de ello me juré que nunca más me dejaría engatusar por una tía y decidí unirme al juego ideado por Frank. De ser un poble diablo, pasé a ser todo un bon vivant, mi trabajo me permitía viajar y llevar una vida de lo más hedonista…no voy a mencionar a cuantas me he tirado pues dejaría de ser un caballero pero la lista es infinita y las anécdotas hablan por sí solas...
  Ahora sin contar con el cretino de Frank,  Jerry y yo seguimos a nuestro rollo. Nos divierte apostar unos cuantos dólares y luchar por conseguir a la chica así como el premio en metálico pero aquel día algo en mí me hizo cambiar de parecer ya que el cretino de Jerry le entró la locura, de elegir como siguiente presa a Nora, lo que motivó que espurreara la cerveza que me estaba tomando, solo para mirarle atónito, mientras el hijo de puta, reía como un cerdo…
-¿Cómo?...-le pregunto sentados en nuestra mesa de siempre.
  Nora se encontraba atendiendo a unos clientes que acababan de llegar. Estaba igual de guapa que de costumbre…antes cuando nos vio entrar, no dudó en acercarse para saludarnos y, yo como de costumbre la miré embelesado pero, enseguida, tomé el control de mis emociones pues lo que menos necesito es que el cabrón de Jerry se de cuenta de mis sentimientos hacia Nora…
-Lo que oyes…quiero tirarme a esa tía…y no descansaré hasta conseguirlo- dice mirándola lujuriosamente.
    ¡Ni hablar! Gritaba la voz de mi conciencia.
-Una de las normas establece que solo podemos apostar por presas desconocidas, ¿acaso ya no te acuerdas? Así que búscate a otra…-le digo solo para que desista y la deje en paz pues no soportaría la idea de que Jerry la tocara por qué sé cómo es el muy cabrón. Le va el sexo duro y, es de los que hace llamar al taxi en plena madrugada solo para despachar a la tía despues de habérsela tirado hasta hartarse…tiene muy poco tacto, en ese sentido.
   El tío se encoje de hombros. Eso me pone en alerta y de mal humor. No voy a tolerar que el gilipollas juegue con Nora ni por todo el oro del mundo.
-Claro que me acuerdo y no quiero a otra sino a la doña tetas perfectas y culo respingón…-dice sin dejar de mirarla. Carraspeo contando hasta diez y es cuando se digna y me mira. Menos mal porque iba a asestarle un buen derechazo-….sabes…-cuchichea. Frunzo el ceño-…esta mañana me la casqué pensando en ella y…-no aguanto más, me levanto y lo agarro por el cuello…
-¡Basta!...-Exclamo fuera de mí.
  Hay un creciente barullo en el bar. La gente nos mira. Nora se acerca corriendo junto con Mark, el dueño, quien nos separa. Estoy muy cabreado con la situación y, para más inri, ella no se ha posicionado a  mi favor, sino que se preocupa por el gilipollas de  Jerry quien me mira riendo mientras se frota el cuello. Le digo a Mark que me suelte, que no haré nada, me pregunta si estoy seguro…
-Completamente…ya me iba…-le digo dejando unos cuantos pavos sobre la mesa.
   Me pongo la chaqueta, necesito salir de ahí cuanto antes porque me conozco…
-¡Lo ves, Nora, te lo dije!...-oigo decir a mi espalda mientras los clientes guardan silencio. Frunzo el ceño. ¿De qué va todo esto?-. ¡El capullo de mi amigo está loco por tí!   
  Me paro en seco para luego girar sobre mis talones. Mierda, se ha dado cuenta...¡maldita sea! Aun así sigo en mis trece...
-¡Es suficiente!...-le grito solo para tratar salvarguardar mis emociones.
   Y es cuando ella llega hasta mí. Me mira a los ojos y me pregunta:
-¿Es cierto eso, Eric?
   Oh, mierda…me mezo el cabello. Quiero estrangular a Jerry por bocazas. Al final el cabrón me va a meter en un buen lío. Maldigo desde lo más recóndito de mi ser al tenderme esta jodida trampa…
-No, no es verdad, Nora…- mi voz suena apagada.
   Ella se ruboriza y denoto en su cálida mirada una atisbo de desilusión lo cual me hiere profundamente. ¿Por qué no soy capaz de expresar mis verdaderos sentimientos? ¿Por qué huyo como un cobarde?
<<No eres más que un don nadie, ninguna mujer te querrá…
  Las palabras de Melissa Jenkins son como dardos envenenados contra mi alma. Basta me digo. Todo ese jodido circo debe de tocar a su fin y cuanto antes…     
-¡No mientas, dile la verdad, Eric!...
   Le envío una mirada asesina al que fuera mi amigo y compañero de juergas y luego la miro a ella. Está decepcionada y como a punto de llorar. No quiero que lo haga y, menos delante de tanta gente…
-Lo siento, Nora…yo, tengo que irme…-murmuro.
  Salgo pitando de aquel condenado lugar. Necesito tomar el fresco para poner cierto orden en mi interior que buena falta me hace. Al cabo resuelvo no volver más al Joe´s. Si es necesario trataré de olvidarla pero sé que me estoy mintiendo…nunca antes me he sentido tan a gusto conversando con una mujer como ella. Ambos conectamos desde un primer instante. Me ha hablado de su familia, de sus aficiones y sus hobbies y yo he hecho lo propio…ahora solo me resta no mirar hacia atrás…
-¡Eric Norton te…te tomé por un hombre sincero y valiente pero...pero veo que me equivoqué!...-vuelvo a oír a mi espalda, después de haber dado diez pasos, calle abajo. Es la incofundible voz de Nora. Entrecierro los ojos y trato de no dejarme embaucar fácilmente pero es inútil. Oirla hablar me conmueve, de veras-. Yo...yo, en cambio, tengo el valor y el coraje de admitir que me gustas muchísimo... desde el primer instante en que te vi…llevabas tu camisa de cuadros preferida, la que te regaló tu madre por Navidad...aun recuerdo cómo te…te ruborizaste cuando…cuando te serví aquella jarra de cerveza y…luego nos pusimos a charlar...-trago saliva espesa. Lucho por no caer en la tentación de girarme y echar andar para estrecharla fuertemente entre mis brazos. Le gusto. Guau-....quiero..quiero que sepas que no...no eres el único al que le han roto el corazón...-oh, mierda. Es lo último que esperaba que dijera pues seguro que el cabrón de Jerry le ha contado cosas sobre mi ex. Doy un paso adelante y otro y otro, quiero salir corriendo y esconderme…
-¡Dale una oportunidad, tío!...-dice repentinamente una voz masculina.
-Te acaba de confesar que le gustas muchísimo…¿qué más quieres?...-dice otra vez femenina.
   No, basta me digo a mí mismo...
-Nunca sabrás lo que tienes hasta lo que pierdes, amigo….-dice otra voz bien distinta a todas las anteriores...
   Posiblemente tenga razón...
-¡Arriésgate, tío!
    Estoy aterrado... 
-Sí, eso…- dice todo un tumulto de voces entremezclas.
-Daros una oportunidad....
-Eso, eso...
   Me giro como un autómata y veo que la calle está tomada por los clientes del bar y por gente anónima quienes me miran y, es cuando, la veo a ella entre toda esa creciente multitud. Me está mirando fijamente, suplicándome que le dé una oportunidad con un gilipollas de Jerry haciéndome señales para que mueva el culo…mi corazón y mi mente batallan pero solo sé que la necesito y yo nunca he necesitado a nadie…me bastaba conmigo mismo pero ahora es distinto. Cuanto más la miro, más la deseo y la amo, ¡sí!...así que echo a andar hacia ella. Sus ojos son como un mar embrabecido a la espera que salga el sol para que amaine. Me planto delante de ella solo par cogerla en volandas mientras le pido que  perdone mi cobardía…
-Está perdonado…-ríe emocionada…
-Has de saber que no he sido un santo y que he cometido muchos errores en la vida…
-Lo sé...
 Pestañeo...-evito mirar al cretino de Jerry.
-¿Aun así quieres salir con un tipo como yo?
-Me encantaría...
-Pues no se hable más... 
  No dudo en bajarla al suelo solo para darle un largo beso demostrándole lo mucho que me gusta en medio de una creciente oleada de aplausos y vítores…. más tarde fuimos a mi casa para dar rienda suelta a nuestra pasión para poco después hablar sobre nuestro futuro...
             


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sábado, 28 de diciembre de 2013

Retrato de una joven bailarina

                  
         

   Yo, al igual que el personaje Billy Elliot, quiero bailar. 
   No negaré que siempre me fascinó el hermoso mundo del ballet y de la danza clásica. Si acaso el apoyo de mi abuela Tess fue lo que me impulsó a no perder la esperanza de hacer realidad mi sueño: convertirme en una excelente bailarina….
   Recuerdo que tenía solo tres años cuando me coloqué mi primer tutú acompañado por mis zapatillas negras de ballet y que aún conservo al igual que el vídeo que mi madre filmó. Aquel dia iba actuar en una función del colegio. Era la que más resaltaba del grupo dado que era alta y delgada. De hecho fui una niña precoz que tenía las ideas muy claras sobre qué quería ser cuando fuera mayor. No en vano traje de cabeza a mi madre para que me permitiera inscribirme en todas las funciones escolares habidas y por haber. Y, lo cierto es, que nunca se opuso a ello porque veía en mí un innato talento.
   Ya en el instituto me volví a apuntar en otro taller de danza clásica con la señorita Rosalynd Pérez quien no dudó en apostar por mí desde un primer instante. Ella fue mi referente, me fascinaba verla ejecutar cada paso con la elegancia y la agilidad de una consagrada bailarina. Mi profesora habló con mi madre  y la disuadió para que formara parte de su escuela de danza ubicada no lejos de donde vivíamos. Mi madre, evidentemente cedió pero tuvo que hacer malabares para poder costearme dichas clases.
  Durante años me dediqué a lo que más me gustaba hacer, es decir, bailar. Si acaso lo compaginaba con mi formación académica como promesa hecha a mi madre. Me gradué y rehusé abiertamente ir a la universidad. Ello provocó una ligera catarsis en mi familia con la abuela Tess posicionándose a mi favor. Ella también quiso ser bailarina pero mi bisabuela se lo prohibió terminantemente, luego nadie mejor que ella podía entender mi anhelo…
  En medio de semejante ráfaga de felicidad y trabajando los fines de semana en un establecimiento de comida rápida quiso la Divina Providencia que mi madre fuera diagnosticada con un melanoma el cual acabó con su vida, dejándonos a mis hermanos y a mí sumidos en la más terrible de las tristezas. Se suponía que aquello no debía de ocurrirnos porque mi madre gozaba de una excelente salud. De hecho me costó muchísimo asumir que ella ya no estaba. Todo se me hizo muy grande y complicado pues siendo la mayor, me vi en la necesidad de cuidar de mis tres hermanos, así que no dudé en renunciar a mi sueño y me dediqué de lleno a los míos, porque mi padre siempre fue un hombre egoísta que solo pensaba en sí mismo y en en tener a mano una buena botella de whisky. No se preocupaba por nada ni por nadie...no negaré que le odié por ello y por no haber sido capaz de sacarnos adelante pero, con el tiempo me dí cuenta de que mi padre estaba enfermo y que necesitaba ayuda, así que no dudé en acudir al reverendo Francis quien le buscó un hueco de un centro de rehabilitación destinado a alcohólicos. Por entonces tuvimos que trasladarmos a vivir a casa de la abuela Tess, en el Bronx. Eran momentos muy delicados a la par que difíciles para toda la familia Burns.
  Resignados a no querer olvidar a nuestra madre, mi vida no tardaría en ensombrecerse pues no veía salida por ninguna parte. Todo eran preocupaciones, facturas que había que pagar, cocinar, fregar, llevar a mi hermanos a la escuela, recogerlos...por si ello no era suficiente, el dolor me consumió hasta dejarme sin fuerzas...
  La pena, con el tiempo, se convirtió en mi aliada en los momentos de bajón, solo la danza podía salvarme de caer en ese oscuro abismo que amenazaba con deborarme ahora que mi madre no estaba para consolarme y darme fuerzas pues no quería angustiar a la pobre abuela Tess, la cual, tenía bastante con su delicada salud, así como acogernos en su seno. Aun así, ella no dudó en animarme a retomar mis clases con la señorita Pérez. Al principio rehusé pero acabé por seguir su consejo. Mi profesora se alegró mucho de verme al igual que todos mis compañeros…por otro lado, y sin que sirva de precedentes, la culpabilidad pronto se ciñó sobre mi alma solo porque estaba haciendo algo que realmente me llenaba cuando mi madre, hacía solo tres meses que había fallecido. Tal parecía que carecía de sentimientos pero no era así, pues, era yo quien, todas las noches, se abrazaba a su foto y se dormía llorando en silencio. Nadie podía entender el duelo que estaba pasando por eso no dudé en castigarme sometiendo mi cuerpo a la más absoluta de las disciplinas. Cuanto más dolor me infligía, mejor me sentía. Hubo, una vez, que me sangraron los dedos del pie de tanto ensayar. Aun así no me quejé en voz alta. Hacerlo me hacía sentir débil y poca cosa... 
    Trabajé duramente la flexibilidad de mis músculos inferiores y superiores, unida a mi elasticidad en brazos, piernas y cuello. Estaba siempre atenta a las clases y no me iba a casa hasta haber aprendido la lección del día…mi constancia y mi esfuerzo hacía que mis pies, mis piernas y mi columna se llevaran la peor parte y tanto que la propia Rosalynd me llamó la atención y fue, ahí justamente cuando me di cuenta que estaba sobrepasando la barrera de la locura y que tenía que poner fin a tanta obsesión. Lloré amargamente dejando que mis emociones salieron a la luz liberándome de ese enorme peso que me estaba torturando por dentro…
-A veces, la vida nos pone muchos obstáculos, solo has de saber superarlos, mi querida Anastasia…-me dijo Rosalynd…
    Tal vez estuviera en lo cierto, así que no me rendí, luché por derribar dichos obstáculos y logré encontrar la paz interior que tanto me faltó pero el recuerdo de mi madre aun seguía vivo en mí. Ello me ayudaba a afrontar la vida con cierto optimismo. Por aquel entonces tenía veinte años y nuestra escuela de danza iba a representar ¨Romeo y Julieta¨. Mi compañero y amigo Gary Daniels y yo nos hicimos con los papeles principales. 
   Recuerdo que la noche anterior, apenas pude conciliar el sueño porque íbamos a bailar para más de cien personas en el NYIT Auditorium on Broadway. La vida no podía haberme hecho mejor regalo…si cabe al día siguiente me puse a vomitar como una posesa a escasamente media hora antes de salir al escenario. Mis hermanos pequeños, Lily, Cliff y Sally estaban con la abuela Tess y mi padre quien parecía estar saliendo paulatinamente de su adicción. Estaban sentados en la cuarta fila junto con el resto de familiares y amigos de mis compañeros. Me faltaba alguien especial a la que siempre llevaba conmigo allá donde fuera y esa, era, sin duda, mi madre, pero tenía el fiel convencimiento de que me estaría viendo desde el cielo lo que me hizo sentir bien…opté por rezar unas cuantas plegarias con el corazón latiente y los nervios a flor de piel, al abrir mis ojos, la vi, a ella, sonriéndome al otro extremo del escenario mientras mis compañeros y yo tomábamos posiciones…pestañeé reiteradamente controlando mis emociones…respiré hondo, rogándole a Dios que me ayudara y fue así como la música empezó a sonar y yo me dejé llevar por la dulce melodía transformándome en una hermosa y sentida Julieta que convenció a toda la crítica…
   Poco tiempo después de ello, me llegó la oportunidad de formar parte de otra  compañía de ballet con la que representamos varias piezas musicales y nuevamente volví a brillar con luz propia pero acabé volviendo a mis orígenes, es decir, al lado de mi querida  Rosalynd Pérez quien tanto me había enseñado…   

                 
        
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viernes, 27 de diciembre de 2013

Mi eterna nostalgia



 


                  

     Alguien dijo que el que no cuidaba de sus mayores, corría el riesgo de que sus hijos le hicieran lo mismo. Evidentemente no me dí cuenta de ello hasta demasiado tarde…
    Nací lo menos hace sesenta años en Don Benito, una ciudad de la provincia de Badajoz. Soy hijo único de María Fernanda Gómez y Pedro Suárez que en Gloria estén. No hace falta que rememore etapas pasadas pero quiero hacer especial hincapié que fui un hijo muy deseado después de varios abortos. Mi madre por aquel entonces se cuidó muchísimo y siguió a rajatabla los consejos del médico. Guardó reposo en medio de tantas fatigas y náuseas mientras mi padre pintaba mi habitación y se encargaba de comprar los muebles… aun así mi nacimiento fue, según mi madre,  la alegría más grande de sus vidas. Mis padres lloraron de la emoción y dieron gracias a Dios por tan hermoso regalo. Mi madre me amamantó y cuidó de mí. Me bañaba, aseaba y acunaba cantándome una nana. Por lo que me pudieron contar, fui un bebé llorón que hacía que sus padres se quedasen todas las noches en vela sobre todo cuando empezaron a salirme los dientes de leche incluso cuando ello pasó y comencé a dar mis primeros pasitos no dudaron en inmortalizarlo con la vieja cámara del tío Agustín.   
   Estaban pletóricos y embriagados por la felicidad de criar y educar a su hijo Pablo. Mi infancia transcurrió unido a mis padres porque dependía de ellos. Mi madre me llevaba a la escuela del pueblo y era mi padre quien me recogía después de trabajar en el campo. Yo era, un niño feliz, mimado por los suyos pero con una impecable educación… de todos mis primos paternos, yo era el ojo derecho de mis abuelos Encarna y Luis, era el que más regalos recibía y el que más dinero obtuve durante mi comunión. Mis padres tiraron la casa por la ventana y, nuevamente volví a ser un niño feliz…la adolescencia no tardó en hacer acto de presencia, tenía que coger el autobús para ir al instituto donde encontraría al amor de mi vida, Eulalia Domínguez, una niña de bien con la que me comprometí después de ir a la universidad gracias al esfuerzo de mis padres pues me licencié en Derecho. Pronto me independicé con algunos compañeros de la facultad pues nos trasladamos a vivir a la capital donde abrimos un bufete de abogados. Aun así mi padre me enviaba giros todos los meses para ayudarme en el alquiler y para  comer. Nunca me faltó nada pues siempre que les necesité, ellos me respondían con creces…de hecho el convite de mi boda con Eulalia corrió por cuenta de ellos, para entonces, ya tenía una casa en el exclusivo barrio de Chamberí.
   Eulalia y yo estábamos encantados con nuestro hogar y nuestra nueva  vida en la capital. Mis suegros venían a comer todos los días a casa. Eran admirables y me querían como a un hijo…en cuanto a mis padres, hablaba con ellos por teléfono siempre que mi trabajo me lo permitía porque siempre estaba ocupado…no tenía tiempo ni para mí mismo. De hecho no asistí al parto de mi primer hijo, Raúl, pues estaba de viaje, ya en el de Elvira me vi en la necesidad de reducir mi jornada laboral porque Eulalia así me lo exigió. La llegada de los gemelos Jaime y Alfonso colmaron nuestro hogar de felicidad. Mis padres solo asistieron al convite porque tuvieron que viajar en autocar ya que no pude ir a recogerlos…
   A las navidades siguientes mi padre enfermó de angina de pecho y murió al poco tiempo. Mi madre se vio sola así que Eulalia y yo hicimos el esfuerzo de traerla a vivir con nosotros pero el carácter servicial de mi madre pronto chocaría con la finura de mi mujer. De modo que le ofrecí a mi madre vivir en una de las residencias más lujosas de la capital, evidentemente no aceptó sino que volvió al pueblo, no hice nada por retenerla sencillamente porque fui un mal hijo además de egoísta, injusto y un grandísimo miserable que no vio más allá de sí mismo y de su trabajo…seguido por su familia política pues me avergonzaba de los míos.
   Ahora estoy aquí, sentado en un frío banco de una lóbrega residencia a la que me trajo mi hija Elvira hace un mes. Estoy escribiendo mis memorias y al hacerlo, no puedo evitar sentirme culpable con lo que les hice a mis padres…ellos me lo dieron todo y yo, les respondí con la ignorancia y el egoísmo. Lamentarme de ello, ahora que no están no me ayuda a sentirme bien conmigo mismo pues me siento terriblemente solo y abandonado por mis propios hijos y ahora entiendo perfectamente el calvario que padecieron los míos cuando yo les dí la espalda…  
      
                         



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