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Hay inviernos que matan
y promesas que inundan
de clamor aquel amor,
asediado por el ímpetu
de las ofrendas marcadas
sobre los bordes afilados
de un río desbordado
que no supo ser cauce,
sino abismo.
Hoy las palabras sangran
en el mismo borde afilado;
no hubo tregua en la despedida,
tan solo el vértigo
de la anatomía de una caída voraz.
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