Cuarto día del año. Para unos, un libro aún en blanco. Para otros, un “cambio” que sacude a Venezuela. Mientras Ucrania arde y Oriente Próximo apenas aparece en las noticias, todos miran la captura de un horrible dictador que ni él mismo esperaba, porque creía ser invencible e intocable. Pero existe la justicia divina… aunque, esta vez, se haya manifestado a través de otro personaje mediático, narcisista y polémico como Trump. No sé cuál de los dos es peor. Lo cierto es que Venezuela está en el ojo del huracán por tantos años de injusticias, corrupción, represión, crisis humanitaria... Y ahora por un hecho tan relevante en la historia de Venezuela. La caída del dictador ha dividido a países y organismos internacionales: Algunos celebran el fin de una era opresiva. Otros denuncian la intrusión y el secuestro acusando a Trump de querer adueñarse de los recursos naturales del país para explotarlos y enriquecerse.
Aquí, la línea entre poder y justicia nunca ha sido tan borrosa, aunque la gran pregunta que muchos nos hacemos es: ¿qué va a ser de Venezuela? Puede que haya un cambio real, esa ansiada transición política y la reconstrucción de un país que merece resurgir de las cenizas. O puede que ello no ocurra, y que la división, las tensiones internas y el caos vuelvan a surgir.
A nivel mundial, surge una pregunta incómoda: ¿Se juzga a los líderes por sus actos o por los intereses de quienes controlan el mundo con mentiras, manipulación y discursos de paz mientras saquean refinerías?
Mientras tanto, el pueblo observa. Con miedo. Con esperanza. Con juicio. Con preocupación, pues la historia de Venezuela sigue escribiéndose entre el poder, y la lucha de quienes solo queremos la paz.
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